Los manteles individuales en las mesas de Glorias, la cafetería ubicada sobre la Avenida Figueroa Alcorta junto a la entrada del Museo River, tienen una particularidad. Son de color negro, y el material permite “dibujar” sobre ellos usando los dedos. Una leve presión es suficiente para que una huella permanezca visible durante un tiempo. Pedro Alexi González (su nombre en documentos es Alexi, pero todos lo conocen como Alexis), quien cumplió 80 años en Bella Vista, Corrientes, emplea esta característica de los manteles repetidamente, usándolos como pizarras imaginarias. “Le decía a [Federico] Girotti: ‘¿Ves? Este es el arco, aquí está el primer palo y aquí el segundo. Si la pelota viene por la banda, debes posicionarte en el espacio entre los dos palos’. Después, cuando había una jugada y fallaba, me frustraba. ‘Él lo cuenta’, añade entre risas, refiriéndose a cómo Girotti le decía que se iba porque no tenía paciencia.
Con su cabello canoso y algunas arrugas en la frente, el ex puntero derecho de Los Matadores del San Lorenzo en 1968 y de River, que en 1975 rompió una racha de 18 años sin títulos, todavía refleja la alegría que lo caracterizaba en el campo de juego. Conserva un equilibrio entre la seriedad que exige el profesionalismo y el disfrute genuino que siente al ver rodar el balón, un objeto que ha llevado consigo desde su infancia. Disfruta transmitiendo su experiencia a las generaciones más jóvenes, y utiliza los manteles de la cafetería para ilustrar sus enseñanzas durante sus charlas.
-Cuando llegué a River, le dije a Puma Morete: “Los grandes cabeceadores, como Beto Alonso, Passarella o Víctor Marchetti, se dirigen al segundo palo. Tú no eres un gran cabeceador, entonces debes moverte desde el punto penal hacia el primer palo. Si nosotros, Comelles, Jota Jota [López] o yo, levantamos la vista y te lanzamos el balón ahí, tienes el arco abierto para meterla. Verás cuántos goles haces.
-Y los hizo. En una nota anterior, Morete mencionó que tú fuiste el puntero que le proporcionó los mejores centros.
-Exacto. Eso le permitió ir a Las Palmas. Su error fue pensar que todo dependía de él, y dejó de lado al socio local. Si juegas de puntero, debes conocer a tu 9, sus fortalezas y debilidades. Hoy veo que muchos buscan llegar a la raya de fondo para tirar el centro atrás. Eso es un error. ¿Para qué llegar hasta la raya? Si te paras un poco antes, tienes varias opciones. Primero, puedes disparar a puerta; segundo, pasársela a un compañero que está avanzando al primer palo, y tercero, si el que está atrás no tiene marcas, puedes soltársela.
-Para eso es necesario levantar la cabeza.
-Por supuesto. No se trata de lanzar el balón sin pensar. Hay que saber qué hacer.
-¿Y cómo se aprende?
-Con los años. Después de los 26 o 27, analizas qué posibilidades tienes para aprovecharlas al máximo. Si enfrente tienes un buen defensor, no debes atacar de inmediato. En tres minutos sabía lo que debía hacer. Si el defensor era fuerte, me movía al medio, junto a Jota Jota, y le decía a Comelles que él fuera a luchar contra el 3 para cansarlo. Sabía que si perdía en el primer duelo, los siguientes serían mucho más difíciles. En cambio, si lo enfrentaba en el segundo tiempo, cuando ya estuviera cansado, claramente tenía más oportunidad de ganar.
-¿Estas son las enseñanzas que proporcionas a los jóvenes de las divisiones inferiores?
-Es lo que hago últimamente. Trabajo con grupos de chicos de 7ª, 8ª y 9ª conforme a sus posiciones en el campo: punteros, laterales, delanteros y mediocampistas, para ofrecer pautas sobre cómo actuar en diversas situaciones de juego. Me encanta esta labor.
-Y antes de eso, ¿qué hacías?
-Cuando decidí no entrenar más, me tomé un tiempo de descanso. Luego, cuando Passarella ganó las elecciones e hizo que Jota Jota fuera el director de las inferiores, el Negro me llamó. No quería entrenar divisiones inferiores, porque sentía que no tenía el conocimiento suficiente para juzgar rápidamente si un chico tenía potencial o no. Necesitaba tiempo para darme cuenta. Pero el Negro me pidió que buscara jugadores y eso me emocionó. Viajé por todo el país, desde Río Gallegos hasta Jujuy. Fue una experiencia maravillosa. La gente me ofrecía un trato increíble y recordaban mi trayectoria como jugador.
-¿Te reconoce más la gente de River o de San Lorenzo?
-La de River. Es lógico, he estado en el club desde 2010 y he jugado el doble de partidos aquí que en San Lorenzo.
El origen de todo
Las camisetas de San Lorenzo y River son indudablemente las que vienen a la mente de quienes vieron jugar a Pedro González. También es cierto que son las que le proporcionaron más títulos. Uno con los de Boedo, el Metropolitano de 1968, que permanece en la memoria de la afición; y siete con los millonarios entre 1975 y 1981. Pero también jugó con la camiseta granate de Defensor Lima en Perú en 1973, y otras en las etapas finales de su carrera, como el azul y blanco de Talleres, la blanca, roja y amarilla del club Renato Cesarini de Rosario, y la blanca de All Boys. En sus inicios, predominó el azul del club Lipton de Corrientes.
-Mi padre fue jugador, un centrodelantero que anotaba muchos goles de cabeza y era algo así como un ídolo en Bella Vista. Nací con unos botines que él usaba, pesados y de cuero. Luego pasé a Lipton. Allí fue donde empecé. Hice una prueba una vez y no quedé, pero en el segundo intento, sí. Poco tiempo después, ya estaba jugando en Primera en la liga correntina. Comenzar a esa edad era complicado.
-¿Qué recuerdos tienes de esa etapa?
-Mira, Lipton me brindó cuatro cosas fundamentales. Primero, un lugar donde jugar. Segundo, mis primeros botines, la primera toalla en el vestuario, y lo más importante, me dio una camiseta [se emociona al mencionarlo].
-Al principio, eras número 9, como tu padre, ¿te daba consejos sobre cómo moverte en el área?
-La única recomendación que me hizo fue una vez que entré en diagonal, miré el arco y vi que un compañero se adentraba por la izquierda, pero mi instinto me indicó que debía disparar. Así lo hice, aunque me salió un poco desviado. Cuando llegué a casa, mi padre me recibió con el comentario: “¿Por qué no pasaste la pelota?”. Esa fue la única vez que me hizo una observación durante toda mi carrera.
-¿Eso te llevó a levantar más la vista a partir de entonces?
-No, para nada, porque la segunda vez que lo intenté, anoté un gol, jajaja.
-¿Tu padre te seguía mucho?
-No tanto. Vino a verme a Corrientes en 1976, cuando jugamos con River el desempate contra Independiente por la clasificación a la Libertadores. Era un ferviente fanático del Rojo. Creo que porque mi abuela tenía alguna relación con Arsenio Erico.
-¿No fue ese el partido en el que anotaste el gol que interrumpió una racha de cuatro títulos consecutivos de Independiente?
-Sí, anoté de cabeza en el estadio de Vélez. La pelota se le escapó a Chupete Quiroga y la metí. Faltaban cinco minutos y ganamos 1 a 0. Lo celebré con mucho fervor, ya que para nosotros fue un gol crucial. Sin embargo, mi padre se molestó porque pensó que se lo había gritado a él.
La huella del Bambino
En los años 60, en un contexto de escasas comunicaciones, para un joven del interior del país, los clubes de lo que hoy conocemos como AMBA representaban un objetivo casi inalcanzable. Se requerían talento, perseverancia y, en muchos casos, un toque de suerte. El caso de Pedro González no fue diferente al de muchos otros que, movidos por recomendaciones, subieron a un tren o autobús con un sueño y la promesa de una prueba.
El delantero de Lipton ya había sido contactado por Argentinos Juniors, cuando un día, mientras observaba un juego de truco en el club San Martín de Corrientes, alguien lo saludó. “¿Usted es Pedro González? Un gusto, soy el presidente de las inferiores de San Lorenzo. Sé que va a Buenos Aires. Aquí tiene mi tarjeta, ¿por qué no me visita?” fue la invitación que el futuro 7 de Los Matadores no iba a dejar pasar.
-¿Cómo se dio eso?
-El hombre era especialista en maquinarias industriales y había ido a Corrientes a reparar un dispositivo en Mandiyú Textil. Preguntó a [Eduardo] Seferián, presidente de la empresa y del club, si conocía a algún joven con potencial. Seferián le mencionó a mí. Me buscó por la ciudad hasta que logró encontrarme.
-Y así terminaste en San Lorenzo…
-Primero fui a Argentinos Juniors. Pero allí me hicieron jugar con la Primera, que era un gran equipo, cuando yo aún estaba en edad de quinta. No quedé, y decidí irme a San Lorenzo. Allí logré convencerlos, y poco después viví una experiencia increíble. Estaba en quinta y un día, el Bambino Veira fue bajado a jugar con nosotros por problemas de conducta en Primera. Un córner, él se elevó, y anotó de cabeza. Era impresionante verlo. Comencé a observarlo en los entrenamientos y admirar cómo le pegaba al balón, era un espectáculo.
-Qué curioso que una lesión del Bambino te abrió la puerta a la titularidad, ¿no?
-Sí, es poco lo que se puede imaginar. Pero antes sucedió algo más. Al año siguiente, pasé de la cuarta a la Reserva. Jugamos contra Racing y perdimos 7 a 0. Me habían pegado un golpe y casi caigo en el foso. Regresé a la pensión sintiéndome muy lejos de mi objetivo. Así que el lunes fui a ver al médico para pedirle que me dejara ir al gimnasio. Me recomendó a un profesor llamado Rivas. Fui a hablar con él esa misma tarde y le dije: “Necesito fortalecerme, tengo velocidad y habilidad, pero carezco de potencia”. Comencé a trabajar y me obsesioné, comprobando a diario si me crecían los bíceps. Hasta que un día me enfrenté al Ropero Díaz, aquel delantero corpulento que jugaba de 11. Lo choqué y lo derribé. No te imaginas cuando regresé a la pensión. Fue una locura. Luego, tuve que reducir un poco la carga, ya que quise parar la pelota y me rebotaba. Nunca dejé de trabajar en lo físico, hasta la fecha.
-Entonces, esa fue tu oportunidad en el equipo del 68.
-Exacto, había debutado en 66 y al año siguiente jugué varios partidos y anoté 6 goles. Sin embargo, no era titular. Contábamos con Veira, el Toti Veglio, e incluso el Loco Doval, que jugaba por la derecha a pesar de ser un 9. Hasta que el Bambino se lesionó. Su recuperación iba a tardar 45 días y Doval estaba suspendido. En ese momento, el técnico Tim me pidió que jugará por la derecha. Al principio me negué, pero un amigo me hizo ver que sería un error rechazar esa oportunidad. La mañana siguiente hablé con Tim y le dije que lo había reconsiderado. Así fue como formamos la delantera: yo a la derecha, Veglio y Lobo Fischer a la izquierda.
-Y quedaste en la historia como Los Matadores.
-Siempre menciono el contagio que se genera en el equipo. No es sencillo integrarte a un grupo de grandes jugadores, pero tuve esa suerte. Tenía a Albrecht, a Villar, a Rendo, quien brindaba pausa y tranquilidad; a Telch, que es uno de los grandes mediocampistas que ha dado el fútbol argentino; a Cocco, que anotaba con facilidad; a Veglio, un jugador elegante que distraía en el medio; y al Lobo, que desbordaba incansablemente. Los hinchas de otros equipos venían a vernos y el Gasómetro se llenaba en cada partido.
-¿Cuál fue mejor equipo? ¿Ese o el River de 75?
-Es difícil elegir. River contaba con Fillol, Perfumo, Passarella, Mostaza Merlo, Alonso, Jota Jota… Ambos equipos eran diferentes entre sí.
-¿Con cuál disfrutabas más en el campo de juego?
-Ese es el tema. En Los Matadores, yo era puntero derecho, pero en River, después de mi paso por Defensor Lima, cambié mi forma de jugar. Ahí aprendí a iniciar desde más atrás, utilizando tanto la corta como la larga. Comprendí que, con Jota Jota y Alonso, podía desempeñarme más cerca del medio para buscar esquemas donde no me marcaban, aunque Labruna siempre me pedía que jugara como delantero para anotar goles.
Los tres grandes maestros
Pedro González sigue utilizando los manteles individuales de la cafetería Glorias para realizar sus anotaciones. Le apasiona el fútbol y disfrutar del juego, y también quiere transmitir todo lo que ha aprendido a lo largo de su trayectoria. “Todos los grandes números 3 de mi época tenían un problema en común: eran lentos al girar. ¿Qué hacía yo? Le decía al Negro López que iba a venir a pedirla corta, pero él debía pasármela justo detrás del marcador, no demasiado larga, porque yo les ganaba en el giro y no me atrapaban más. Se lo hice a Marzolini, que para mí era el mejor, y a Pavoni, que si te agarraba, te derribaba.”
-Tú afirmas que aprendiste con el tiempo, pero seguro tuviste maestros. ¿Quiénes fueron los principales?
-Te los menciono en orden de aparición en mi carrera: Tim, el Toto Lorenzo y Labruna.
-Siguiendo el orden, ¿qué te dejó Tim?
-Él se enfocaba en la técnica individual de cada jugador. Por ejemplo, le decía a Rendo que sólo usaba la pierna derecha para marcar y por eso lo hacía mal, y lo hacía practicar para mejorar. Cuando me puso en la derecha, me explicó con chapitas de botellas qué quería que hiciera. Para mí, esas son las cosas que ganan partidos, más que conocer los errores del contrario.
-A Juan Carlos Lorenzo lo tuviste poco tiempo, cuando volviste en 73 a San Lorenzo.
-Así es, pero fue suficiente. Era excepcional. Prestaba atención a los detalles más mínimos. Los lunes hablaba con el León Espósito y comenzaba: “El que vas a marcar el domingo te quiere ganar el departamento y los que tienen que ganar el departamento son ustedes”. Así toda la semana. Cuando llegaba el domingo, Espósito quería derribar al que enfrentaba. Necesitas un técnico que te motive.
-¿Y en cuanto al juego o los entrenamientos?
-En esa época, aplicaba técnicas que había aprendido en Europa, como el 5 contra 5, lo que hoy consideramos normal. Nos hacía practicar en espacios reducidos, usando arcos grandes también para los arqueros. Eran ejercicios muy intensos, en los que cardíaca no te deja respirar. Tácticamente, podía usar 4-3-3 o 4-4-2 porque contaba con volantes que llegaban al gol. Era un gran equipo el del 73, combinaba carreritas con calidad.
-Con Labruna estuviste en River y luego en Talleres.
-Ángel era un gran formador de grupos. Lo demostró en cada club donde estuvo. Un buen técnico maneja al equipo y no cualquier persona puede hacer eso. Era un hombre de barrio, alguien amable que te hacía sentir bien. Con el tiempo, se convirtió en una figura paternal para nosotros.
¿Cómo debería ser un entrenador ideal?
-Debería poseer el conocimiento adecuado sobre el plantel para implementar lo que él desea, y simplificar la forma de explicarlo a cada jugador. El jugador es receptivo y hará lo que le pidas. Sin embargo, si cometes un error, puedes desviarte. También debes saber complementar a tus jugadores. Observa la selección antes y después de Scaloni. Antes, Messi jugaba con un doble cinco defensivo; Scaloni lo rodeó de Mac Allister, Enzo Fernández y Julián Álvarez, todos con quienes podía interactuar y devolver la pelota rápidamente. Entonces, se sintió cómodo y mostró su talento.
-¿Messi es el mejor jugador que has visto?
-En el banco vi a Pelé. Tenía todas las cualidades. Además de lo que hacía con la pelota, sabía defenderse cuando le iban a pegar. Y realmente le pegaban. Cada época tiene sus figuras. Estuvo Pelé, seguido de Maradona y, finalmente, Messi.
River, el alivio y la explosión
Tras una breve segunda etapa en San Lorenzo, Pedro González regresó a Perú para cumplir su contrato con Defensor Lima y agregar un título a su trayectoria. Recibió ofertas de México y Colombia, pero deseaba volver a Argentina. Le pidió permiso a Osvaldo Zubeldía para entrenar con San Lorenzo, y mientras eso ocurría, un periodista que conocía de su paso por Boedo se acercó a su casa para informarle que había hablado con Labruna, quien había expresado interés en el expuntero de Los Matadores para el proyecto que estaba llevando a cabo en River, buscando poner fin a la sequía de 18 años. “Sí, estoy interesado. Arregla y yo cubriré la parte que corresponde a los empresarios”, fue su respuesta. Un día después, se encontraba viajando en tren durante 15 horas junto a Roberto Perfumo, quien venía del Cruzeiro en Brasil, rumbo a Necochea para unirse al equipo: “Tomamos dos millones de cafés. No pude dormir durante tres días, jajaja”.
-¿Realmente eran conscientes de lo que significaba para la afición de River ese año?
-Nos dimos cuenta en el primer partido de pretemporada en el estadio San Martín de Mar del Plata. Los hinchas de River llenaban todas las tribunas porque intuían que éramos un equipo para ser campeones y nosotros también empezamos a creerlo.
-¿Qué significó romper el estigma de 18 años de sequía y segundos lugares?
-Fue algo impactante. Una explosión total. A partir de allí, todo cambió. El título nos permitió manejar mejor los tiempos, esperar más en el medio campo para salir rápido al contraataque, proteger un poco más a Pato Fillol, quien también era increíble, parando cinco mano a mano por partido.
-Pero antes de consagrarse, tuvieron que enfrentar algunos desafíos.
-Sí, sucedió cuando Alonso se lesionó [N. de la R: en realidad, Alonso fue expulsado en un partido contra Independiente, lo que resultó en seis fechas de suspensión]. No vi otro jugador con tanta creatividad como el Beto. Podía sorprender con un disparo a media distancia, un cabezazo o un pase preciso. Nosotros, los mediocampistas, hacíamos el sacrificio para que Alonso no tuviera que bajar a buscar el balón y pudiera quedarse cerca del área generando peligro. Sin Alonso, perdimos contra Boca, y la gente comenzó a preocuparse, además de que se produjo una huelga. Siempre creí que el partido contra Argentinos Juniors en Vélez debería haberse suspendido. River llevaba 18 años sin ser campeón; ¿qué les hacían dos días más? Menos mal que los chicos ganaron.
-Luego se desquitaron con varios títulos consecutivos, a pesar de las modificaciones en el plantel.
-Sí, siempre llegaba otro jugador igual de talentoso al que se iba. Se fue el Puma y llegó Luque, quien jugaba más centrado, permitiendo que Alonso se alineara más como delantero. En los segundos tiempos, teníamos a la Pepona Reinaldi, otro 9 que también sabía jugar. Más adelante vino Carrasco y luego Ramón Díaz, que era una gran ayuda para nosotros, porque con su velocidad, le lanzabas algunos balones y nosotros veíamos los goles desde lejos.
Las deudas pendientes
Casi ningún jugador se retira sin la sensación de haber dejado alguna deuda pendiente. Un título que no se obtuvo, un sueño no cumplido, o una experiencia que hubiera deseado vivir. Desde una perspectiva externa, podría parecer que Pedro González tiene algunas deudas. No ganó copas internacionales, su paso por la selección fue breve y su carrera como director técnico fue relativamente corta, con pocos festejos, aparte de un ascenso a la B Nacional con Deportivo Laferrere. Sin embargo, no surgen reproches significativos en su discurso. Aunque a veces se manifiesta alguna crítica puntual, su conclusión es que “lo que le faltó” era simplemente una anécdota más de una carrera rica en satisfacciones.
-¿Por qué no ganaron la final de Libertadores de 76 en la que llegaste con tu gol contra Independiente?
-Porque en el desempate con Cruzeiro en Chile nos faltaron Fillol, Perfumo, Passarella, Héctor López y Jota Jota. Era un equipo distinto. Fue una lástima, porque si hubiéramos estado completos, los habríamos superado sin problema. Ellos llegaron agotados, muy cansados. Ganaron gracias a la individualidad de un par de jugadores, nada más. Aún me siento más frustrado por la semifinal que perdimos con San Lorenzo en el 73 en cancha de Independiente.
-¿Qué ocurrió en esa ocasión?
-Fue el último partido de la fase. [El otro integrante del grupo era Millonarios de Colombia] y nos bastaba un empate. El Toto Lorenzo dedicó 20 días a decirme que era Garrincha. Ni siquiera usaba mi nombre. Yo llegaba a casa y le decía a mi esposa: “No me toques que soy Garrincha, jajaja”. Llega el día del partido y el Toto me mira y me dice: “Perdone, viejo. Me llamó Zubeldía. Tengo que marcar a Pavoni, así que jugará el Lele [Luciano] Figueroa”. Me sacó. Pasé de ser Garrincha al cartonero Báez. En esa época, los suplentes no íbamos al banco, sino a la platea. Hacía un frío terrible aquella noche. En el segundo tiempo, Giachello anotó para ellos. A los 25 minutos Lorenzo me manda llamar para que entre: “¿Ahora? ¿Ahora que juegue él?”. Tardé más de diez minutos en calentamiento e ingresar. Perdimos y quedamos afuera.
-¿Por qué jugaste tan poco en la selección? Estuviste en el plantel que no pudo clasificar a México 70, ¿verdad?
-Sí, pasé 25 días concentrado en Bolivia aclimatándome a la altura, pero no jugué. Nos despidieron a todos: a Veglio, a Fischer y a mí. Éramos sparrings para unos médicos franceses que estaban estudiando los efectos de la altura, así que en AFA sabían quién podía rendir mejor y cuántos días necesitaba cada uno. Veglio y yo nos adaptábamos en 7-8 días, el Lobo Fischer parecía un boliviano más. ¿Cómo nos dejaban afuera? Eso fue así. Se había ido Maschio y pusieron a Pedernera. Su secretaria me llamó para informarme que no continuaría. Le pregunté: “¿Y tú quién eres? Que me llame él”. Me dolió profundamente; es algo que jamás olvidaré.
-Después, jugaste en la serie internacional que se organizó aquí antes del Mundial 78.
-Sí, contra Escocia y Francia. Leopoldo [Luque] me comentó que la idea del Flaco era que me uniera a Ardiles por la derecha para generar y lograr goles. Él sería el delantero, Bertoni a la izquierda y Kempes en el medio. Sin embargo, en un partido contra Banfield, al girar porque se me cruzó el 3 de ellos, sufrí una distensión de rodilla. No rompí ligamentos, pero me acerqué. Estuve 45 días inactivo y, lamentablemente, perdí mis oportunidades. La selección evidentemente no estaba destinada para mí.
-¿Qué tipo de entrenador fuiste?
-Intentaba combinar la disciplina del Toto y la flexibilidad de Labruna, así fue como ascendimos con Laferrere. Pero siempre surgían complicaciones. Trabajé en El Porvenir, en Arsenal, tres veces en Lafe y finalmente en Mandiyú. Me gusta hacer las cosas bien, pero también cuidar a los jugadores. Si les debes dinero, no puedes exigirles. Entonces, suelen surgir problemas. Durante un tiempo en Laferrere, había dos presidentes, Rubén Costoya y el diputado Roberto Cruz; algunos jugadores cobraban en dólares y otros en pesos. La situación se tornó caótica y tenía que buscar una solución.
-El último desafío fue en Mandiyú. Te contrata el mismo Roberto Cruz para evitar el descenso.
-En realidad, cuando Cruz compra el club a Seferián, le ofrece el cargo al Bambino Veira. Yo iba a ser su asistente, pero él me dijo que asumiera el cargo principal. Logramos evitar el descenso, pero luego empezaron los conflictos para reforzar al equipo. Yo necesitaba tres jugadores, pero él quería contratar a otros. Estuve cinco partidos y trajeron a Diego [Maradona] para reemplazarme. Ahí pensé: “Si aquí también se involucra la política, ¿para qué seguir luchando?”. Comprendí que los dirigentes no te permiten actuar como es debido. Quieren que seas cómplice de ellos, y uno es contratado para dirigir, no para ser cómplice. Así que decidí dejarlo.
De vez en cuando, alguien se le acerca para saludarlo. Ignacio Scocco lo observa mientras toma café en una mesa cercana. Pedro Alexi González responde a las sonrisas y apretones de manos. Se lo ve a gusto, disfrutando de “su mundo”. Las líneas del área, la raya de fondo, las diagonales y retrocesos, las posiciones de los jugadores que “se mueven”, siguen inscritas en el mantel individual, testimonio de que la sabiduría acumulada a lo largo de tantos años en el fútbol se mantiene intacta.
