“Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Si se permitiera el ingreso de espectadores a los estadios, las hinchadas de Independiente y San Lorenzo podrían entonar este canto, que resuena en muchas canchas argentinas y ha ganado popularidad tanto en el Bochini como en el Nuevo Gasómetro en los últimos años. Afectados por crisis económicas y políticas internas, dos clubs tradicionalmente destacados de nuestro fútbol han visto cómo sus trayectorias se han desviado en el siglo XXI, marcadas por escándalos administrativos, controversias financieras, rendimientos insatisfactorios en el campo y un malestar persistente en las tribunas. Así, los tiempos en los que disputaban finales o partidos decisivos se alejan cada vez más, y cada nuevo encuentro entre ellos se asemeja más a una competencia para determinar cuál atraviesa una situación más difícil.
El partido de este domingo en Avellaneda no será la excepción. Los azulgranas contarán con el regreso de Rubén Darío Insua al frente del equipo (su tercera etapa personal y segunda en los últimos cinco años). Será el cuarto entrenador en el transcurso de 2026, un registro que ningún otro club de Primera o Primera Nacional ha alcanzado hasta este momento. Del otro lado, el uruguayo Jádson Viera, en sustitución de Gustavo Quinteros, buscará seguir armando un equipo que recientemente perdió a tres de sus pilares.
Las dificultades de ambos clubes tienen orígenes y alcances diversos, aunque comparten similitudes. El principal factor es la gestión deficiente a nivel directivo, caracterizada por disputas internas y falta de transparencia en los aspectos económicos y financieros.
San Lorenzo alcanzó cierta estabilidad institucional en junio, tras la victoria de Marcelo Culotta en las elecciones, que puso fin a un período prolongado de turbulencias, que incluyó un estado de semiacefalía y la destitución del anterior presidente Marcelo Moretti, acusado de corrupción. Por su parte, Independiente ha enfrentado en los últimos cuatro años la renuncia de Fabián Doman, presidente, a seis meses de ser electo, así como la posterior renuncia del vicepresidente segundo, Juan Marconi, y la ruptura de las relaciones entre Néstor Grindetti, actual presidente, y su comisión directiva, donde el secretario general, Daniel Seoane, es sospechado de vínculos demasiado cercanos con representantes o ciertos clubes del exterior.
Los balances de ambos clubes reflejan estos terremotos institucionales. El informe presentado por la nueva gestión de San Lorenzo indica un pasivo de 67.884.000 dólares, con diversas deudas, 96 causas judiciales abiertas y reclamos de exdirectivos (recientemente, Néstor Navarro, exvicepresidente con Moretti, presentó una demanda por 2.418.793,50 dólares), exjugadores y cuerpos técnicos, incluso un pedido de quiebra de un fondo de inversión suizo.
Por su parte, Grindetti admite un pasivo de 34 millones de dólares, 11 millones más de los 23 millones al inicio de su gestión, y el club aún espera la resolución de la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires por una demanda presentada por Gonzalo Verón en 2020, por un monto de 6 millones de dólares, respaldada por la Justicia en primera instancia. Una decisión negativa podría resultar en el embargo de la propiedad que el club posee en Wilde.
Ambos escenarios son condicionantes ineludibles en la conformación de los planteles. Los mercados de pases a menudo enfrentan inhibiciones por deudas acumuladas, lo que dificulta las negociaciones para compras, lo que a su vez obliga a vender a precios bajos y comprar con limitaciones.
La última ventana de transferencias mostró claramente esta situación. Independiente tuvo que deshacerse de Gabriel Ávalos, Kevin Lomónaco y Maximiliano Gutiérrez, en todos los casos para saldar deudas con clubes de donde se adquirieron jugadores: Olimpia, Elche, Huachipato y Red Bull Bragantino. Así, de un total de 14,5 millones de dólares en transferencias, el club solo recaudó 4,5 millones. En seis incorporaciones, se gastó apenas 120.000 dólares por la llegada de Franco Calderón; el resto fueron préstamos sin costo o jugadores libres.
La situación en Boedo fue similar. Se marcharon Orlando Gill al Lille francés y Johan Romaña al León de México, dejando unos 4,8 millones de dólares, mientras que incorporaron a seis futbolistas, de los cuales tres llegaron libres y dos a préstamo sin cargo, siendo el único gasto los 350.000 dólares abonados a Banfield por el colombiano Danilo Arboleda.
La errática política de compras y ventas también afecta a los jóvenes que surgen de las divisiones inferiores. En diciembre de 2024, San Lorenzo “liquidó” a Santiago Sosa y Agustín Hausch, dos promesas de su cantera, por un total de 1,5 millones de dólares a Defensa y Justicia. Meses después, Independiente vendió a Javier Ruiz por 1,65 millones de dólares, a pesar de haber acelerado su repesca desde Barracas Central.
Con este contexto, resulta difícil que ambos equipos puedan obtener éxitos sostenidos. Independiente no ha ganado un título nacional desde 2002 y apenas ha estado en la lucha por alguno en los últimos años. En la última década, solo ha alcanzado dos semifinales perdidas, la de la Copa de la Liga 2021 (con Colón) y la del torneo Apertura 2025 (con Huracán), y en este siglo su palmarés se ha limitado a las conquistas de las Copas Sudamericanas en 2010 y 2017, así como la desaparecida Suruga Bank 2018. San Lorenzo, por su parte, no celebra un título desde la Supercopa Argentina 2015, habiendo ganado tres torneos locales y las Copas Mercosur 2001, Sudamericana 2002 y Libertadores 2014 desde el año 2000.
El deterioro visible es un fenómeno acumulativo que se intensifica con el tiempo. Después de la pandemia, San Lorenzo participó en tres Copas Sudamericanas y una Libertadores, mientras que Independiente jugó en cuatro Sudamericanas. Ninguno de los dos ha llegado a semifinales, lo que ha impactado su prestigio y peso internacional, especialmente en comparación con clubes como Estudiantes, Vélez o Lanús, que han acumulado éxitos y aumentan sus patrimonios, amenazando con escalar posiciones entre los grandes del país.
En un contexto caracterizado por la intolerancia y la impaciencia, la falta de éxitos genera una presión significativa sobre futbolistas y técnicos –“¡Movete, xxxx, movete…!” o “¡¡¡…a ver si tienen empeño, que no juegan con nadie!!!”-, lo que resulta en cambios constantes de entrenadores. En la última década, 11 distintos han pasado por el banquillo de Independiente, 8 de los cuales lo han hecho en los últimos cinco años. En San Lorenzo, la situación es aún más extrema: 15 técnicos, 9 desde 2021.
Independiente y San Lorenzo son dos grandes que reflejan un mismo panorama. Este domingo se enfrentarán nuevamente en Avellaneda, recordando aquellos clásicos en los que competían por campeonatos, pero con la realidad actual que solo busca frenar, aunque sea por un momento, su caída.
