El 18 de julio, un día antes de la final entre España y Argentina, Gianni Infantino convocó a las federaciones en Manhattan para presentar una propuesta. Se trataba de crear una entidad comercial —FIFA Forward Enterprise— que concentrara los derechos de televisión, patrocinio y licencias relacionadas con los torneos, incluido el Mundial. La idea era vender a inversores privados una participación minoritaria sin control. J.P. Morgan valoró esta iniciativa en 20.000 millones de dólares, con el objetivo de recaudar hasta 4.200 millones antes de fin de año. Cada una de las 211 federaciones afiliadas podría recibir entre 8 y 20 millones por ciclo, y hasta 22 y 24 millones en los siguientes. Sin embargo, trece días después, el proyecto fue cancelado.
El desarrollo fue rápido. El 28 de julio, la FIFA anunció oficialmente la propuesta. Dos días después, tras una reunión urgente, la UEFA anunció que sus 55 federaciones no participarían en ninguna competencia de la FIFA mientras la propuesta estuviera vigente, abarcando Mundiales juveniles, femeninos y mayores. Concacaf y la Confederación Asiática también rechazaron el proyecto; la Conmebol solicitó información adicional pero no lo respaldó. En conjunto, estas confederaciones representaban 136 votos de los 211, superando ampliamente los 106 necesarios para aprobar la propuesta. El 1° de agosto, la FIFA decidió retirarla. Nunca fue sometida a votación.
Es importante entender las razones detrás de esta propuesta, ya que la lógica financiera era sólida. El ciclo 2023-2026 generó aproximadamente 13.000 millones de dólares para la FIFA, de los cuales 8.900 millones provienen del Mundial realizado en Nueva Jersey. Este tipo de activos, que producen ingresos significativos, junto a una oferta rígida y una demanda global creciente, es lo que el capital privado ha estado adquiriendo en el deporte durante la última década. CVC se ha involucrado en La Liga, en la Serie A y en el rugby del Seis Naciones. La NFL, tras resistirlo por años, permitió la entrada de fondos de inversión en la propiedad de sus franquicias. Por lo tanto, la propuesta de la FIFA no era una anomalía dentro de la industria, sino una extensión ambiciosa de prácticas ya existentes.
Aquí surge una cuestión fundamental: hace unas semanas se mencionó en este mismo espacio que el negocio del fútbol había dejado de monetizar el partido para pasar a diseñarlo: las pausas de hidratación, el espectáculo del entretiempo, los horarios de televisión. Lo que se propuso el 28 de julio era un enfoque diferente. No se trataba de diseñar el producto, sino de convertir un flujo futuro de ingresos en un activo financiero con accionistas. Este cambio representó un límite que el fútbol no había tenido que enfrentar antes.
La razón de esto es sencilla, aunque poco discutida en términos de valoración. El Mundial no tiene un valor de 20.000 millones de dólares solo por sus derechos, sino porque 211 países lo reconocen como tal. Este consenso —una especie de legitimidad social o capital reputacional— es el verdadero activo. No aparece en los balances, no se puede transferir y su valor comienza a disminuir en el momento en que se intenta vender. Poner un precio a la Copa del Mundo hizo necesario preguntarse sobre su propiedad, una cuestión que no tiene una respuesta clara.
La UEFA planteó esta inquietud de forma directa en su comunicado: la Copa del Mundo no puede considerarse un producto de inversión. Y añadió una frase que representa una definición clara de gobernanza fiduciaria: nadie tiene autoridad moral para vender aquello que apenas administra en nombre de la próxima generación. Esta distinción entre ser dueño y ser custodio había sido difusa durante décadas en la FIFA, pero el 28 de julio quedó claro que no son lo mismo.
Cabe destacar que la propuesta contaba con un argumento legítimo. Para las federaciones que no tienen acceso a la venta de derechos internacionales o patrocinadores globales —la gran mayoría de las 211—, la diferencia entre recibir 8 y 20 millones de dólares por ciclo no es insignificante. Esta diferencia puede ser crucial para contar con un centro de entrenamiento, una liga juvenil, cuerpos técnicos profesionales o un fútbol femenino bien financiado. El desarrollo del fútbol enfrenta un problema crónico de financiamiento, y la FIFA es prácticamente su única fuente. La caída de este proyecto no soluciona el problema: lo pospone. Es importante también señalar que cualquier futura propuesta seguramente será más consultada y mejor estructurada.
Sin embargo, el fracaso de esta iniciativa no se puede atribuir únicamente a su contenido, sino también a su temporalidad. El Mundial 2026 representa el torneo con las entradas más caras de la historia. La FIFA tomó por primera vez el control directo de la venta de entradas, aplicando precios dinámicos y estableciendo su propia plataforma de reventa, cobrando comisiones a ambos lados. Los precios para localidades premium en la final llegaron a 10.990 dólares, un 70% más que el precio inicial de octubre. Legisladores estadounidenses solicitaron a Infantino que reconsiderara los precios; grupos de aficionados europeos denunciaron a la FIFA ante organismos regulatorios; incluso el presidente de la federación española cuestionó el modelo. Por lo tanto, cuando se anunció la venta de una parte del negocio el 28 de julio, no fue una reacción completamente inesperada. El capital de confianza ya estaba erosionado. La propuesta de FIFA Forward Enterprise fue el catalizador, no la causa inicial.
Queda, además, un daño que ninguna cancelación puede reparar. Durante cinco días, el fútbol discutió públicamente quién posee la Copa del Mundo y se evidenció que no hay una respuesta clara. La UEFA celebró la retirada del proyecto, pero también exigió que se identificaran responsabilidades y afirmó que la dirección de la FIFA había perdido su confianza. Retirar una propuesta puede ser sencillo, pero revertir las preguntas sobre la propiedad es más complejo.
Esta semana, el fútbol ha dejado en claro que se puede modificar el tiempo, los formatos, las sedes y los precios, pero no la propiedad. Sin embargo, este límite no se determinó por una norma, un estatuto o un principio específico, sino a raíz de una reacción. Y, a diferencia de las reglas, estas reacciones deben ser provocadas nuevamente cada vez.
*El autor es profesor del MBA y Director Académico de Sports & Entertainment Management en la Universidad Torcuato Di Tella.
